Las empresas no operan al margen de las comunidades que las rodean. Dependen de empleados, clientes, proveedores, infraestructuras y economías locales, y a su vez su actividad puede influir en el empleo, los recursos y las condiciones sociales.
La idea de valor compartido se centra en encontrar formas de que las empresas generen valor económico y, al mismo tiempo, respondan a necesidades sociales o comunitarias pertinentes. En lugar de tratar el rendimiento empresarial y el impacto en la comunidad como objetivos completamente separados, las organizaciones pueden buscar oportunidades en las que ambos se refuercen mutuamente.
Qué es el valor compartido
El valor compartido describe estrategias empresariales que generan beneficios económicos a la vez que abordan retos sociales o comunitarios. El concepto se diferencia de la filantropía tradicional porque el impacto social está directamente vinculado a las actividades empresariales de la organización.
Por ejemplo, una empresa podría desarrollar productos que respondan a una necesidad importante de la comunidad y generen ingresos, o invertir en el desarrollo de sus empleados de forma que se refuercen tanto las capacidades de la plantilla como el empleo local.
Las oportunidades concretas varían según el sector y la ubicación. Lo importante es establecer una relación clara entre las capacidades de la organización, sus objetivos empresariales y una necesidad significativa de la comunidad.
Por qué empresa y comunidad están conectadas
Las empresas dependen de entornos empresariales saludables para funcionar con eficacia. El acceso a trabajadores cualificados, infraestructuras fiables, proveedores sólidos y comunidades estables puede influir en el rendimiento empresarial a largo plazo.
Al mismo tiempo, las decisiones empresariales pueden afectar a las comunidades en las que operan las organizaciones. Las prácticas de contratación, las decisiones de compra, los impactos ambientales y las inversiones pueden tener consecuencias que van más allá de las operaciones inmediatas de la empresa.
Reconocer estas conexiones puede animar a las organizaciones a considerar el impacto en la comunidad como parte de una planificación estratégica más amplia, y no como una actividad totalmente independiente.
Crear valor económico y social
Las empresas pueden generar valor compartido desde distintas áreas de su actividad. El enfoque adecuado depende de los recursos de la empresa y de las necesidades de sus grupos de interés.
Algunos ejemplos son:
- Desarrollo de la plantilla: invertir en formación y competencias que mejoren las capacidades de los empleados y refuercen, a la vez, la reserva local de talento.
- Compras locales: trabajar con proveedores locales cuando proceda, apoyando a las empresas de la región y desarrollando relaciones de suministro fiables.
- Productos y servicios accesibles: diseñar ofertas que respondan a necesidades desatendidas y generen, al mismo tiempo, oportunidades comerciales sostenibles.
- Mejoras operativas: reducir el consumo de recursos o los residuos de manera que se abaraten los costes y se obtengan beneficios ambientales.
- Alianzas con la comunidad: colaborar con organizaciones locales en iniciativas relacionadas con la experiencia y los objetivos empresariales de la compañía.
Estos enfoques son más eficaces cuando se integran en la actividad habitual de la empresa en lugar de tratarse como proyectos aislados.
El papel de los empleados
Los empleados constituyen un vínculo importante entre las empresas y sus comunidades. Las organizaciones pueden contribuir a las comunidades mediante el empleo, el desarrollo profesional, las prácticas laborales y las oportunidades para que las personas adquieran competencias.
Los programas de formación pueden dotar a los empleados de capacidades que mejoren su desempeño actual y, al mismo tiempo, favorezcan su desarrollo profesional a largo plazo. Las empresas también pueden colaborar con instituciones educativas u organizaciones comunitarias para crear vías de acceso a los sectores pertinentes.
Estas iniciativas deben diseñarse con cuidado. Los programas más sólidos suelen vincular necesidades reales de personal con oportunidades que aportan un valor significativo a los participantes.
Construir alianzas con la comunidad
Las empresas no tienen por qué abordar en solitario los retos de la comunidad. Las alianzas con organizaciones sin ánimo de lucro, instituciones educativas, autoridades locales y otras empresas pueden dar acceso a conocimientos especializados y a un conocimiento del entorno local.
Las alianzas eficaces parten de una comprensión clara de las responsabilidades y los objetivos. Las organizaciones deberían establecer qué aporta cada participante, qué resultados se esperan y cómo se evaluarán los avances.
Escuchar a los grupos de interés de la comunidad es especialmente importante. Las empresas pueden disponer de recursos financieros o técnicos, pero las organizaciones locales y los residentes suelen comprender mejor los retos que se pretenden abordar.
Desarrollar una estrategia de valor compartido
Las organizaciones pueden incorporar las consideraciones comunitarias a sus procesos de planificación estratégica existentes.
Un enfoque práctico puede incluir:
- 1Identificar las necesidades pertinentes de la comunidad: comprender las cuestiones relacionadas con las operaciones, las capacidades o los grupos de interés de la organización.
- 2Evaluar las oportunidades de negocio: determinar en qué casos responder a una necesidad de la comunidad también podría respaldar una actividad empresarial sostenible.
- 3Implicar a los grupos de interés: hablar con empleados, clientes, proveedores y organizaciones comunitarias para conocer las distintas perspectivas.
- 4Diseñar iniciativas medibles: definir actividades, responsabilidades y resultados esperados concretos.
- 5Medir ambas dimensiones: hacer un seguimiento del rendimiento empresarial junto con indicadores sociales o comunitarios pertinentes.
- 6Mejorar con el tiempo: utilizar los resultados y las opiniones de los grupos de interés para ajustar el enfoque.
Esto ayuda a evitar que las iniciativas comunitarias se desvinculen de la estrategia general de la organización.
Medir el valor compartido
Medir el valor compartido exige mirar más allá del rendimiento financiero. Las empresas pueden hacer un seguimiento de indicadores convencionales como los ingresos, los costes, el crecimiento de la clientela, la productividad o la retención de empleados, y supervisar a la vez los resultados pertinentes para la comunidad.
Los indicadores sociales adecuados dependen de cada iniciativa. Un programa de desarrollo de la plantilla podría medir la participación en la formación, la adquisición de competencias o los resultados en materia de empleo. Un programa de compras locales podría analizar el gasto con proveedores regionales y el desarrollo de estos proveedores.
La medición debe seguir vinculada a los objetivos iniciales. Las empresas deberían evitar las afirmaciones generales sobre su impacto social si no cuentan con pruebas que demuestren cómo la iniciativa produjo los resultados comunicados.
Retos habituales
Crear valor compartido puede resultar difícil cuando los objetivos empresariales y los comunitarios no están alineados de forma natural. Las organizaciones también pueden tener dificultades para identificar iniciativas cuyos resultados sociales puedan vincularse de manera significativa a sus capacidades.
Otro reto es medir el impacto a largo plazo. Algunos resultados comunitarios tardan años en materializarse, mientras que el rendimiento empresarial puede evaluarse en periodos mucho más cortos.
Las expectativas de los grupos de interés también pueden diferir. Los empleados, los clientes, los inversores, las organizaciones comunitarias y la dirección pueden tener opiniones distintas sobre qué cuestiones merecen atención. Unos objetivos claros y una comunicación transparente pueden ayudar a las organizaciones a gestionar estas diferencias.
El futuro de la relación entre empresa y comunidad
Las empresas operan cada vez más en entornos en los que los grupos de interés prestan atención no solo a los resultados financieros, sino también a la forma en que las organizaciones afectan a los empleados, los clientes, las comunidades y el entorno en general.
Esto no significa que todas las empresas deban impulsar las mismas iniciativas sociales. Las oportunidades más pertinentes dependen del sector, las capacidades, la ubicación y los grupos de interés de cada organización.
La oportunidad más amplia consiste en identificar ámbitos en los que la actividad empresarial pueda generar beneficios que vayan más allá de la propia organización. Cuando las empresas desarrollan productos, programas para la plantilla, relaciones con proveedores y prácticas operativas que responden a necesidades reales de la comunidad y, al mismo tiempo, respaldan objetivos empresariales sostenibles, pueden crear valor para múltiples colectivos.
Por tanto, crear valor compartido no consiste tanto en separar el rendimiento empresarial del impacto en la comunidad como en comprender dónde pueden funcionar juntos. Con objetivos claros, una implicación real de los grupos de interés y resultados medibles, las empresas pueden construir relaciones más sólidas con las comunidades que contribuyen a su éxito a largo plazo.
Referencias
- Harvard Business Review — Creating Shared Value
- FSG — Shared Value Initiative
- United Nations Global Compact — Sustainable Development Goals
- OECD — Responsible Business Conduct
- World Business Council for Sustainable Development — Social Impact
- International Labour Organization — Skills and Lifelong Learning
- U.S. Small Business Administration — Community and Business Resources